El Servicio Secreto, escolta de elite

En el complejo sistema de administraciones federales, estatales y locales de EE.UU., hay una división clara entre las personalidades protegidas por escolta: las que disponen de Servicio Secreto y todas las demás. El segundo grupo engloba a un amplio abanico de representantes políticos y miembros del poder ejecutivo, desde los secretarios del Gobierno, pasando por senadores y diputados de la Cámara de Represenantes, hasta las autoridades y legisladores a nivel estatal y local. La gran mayoría no tiene escolta fija, y reciben protección en actos concretos, muchas veces con efectivos de las fuerzas de policía.

El Servicio Secreto es otra historia. Es un cuerpo de elite conocido por proteger al presidente de EE.UU. y su familia, aunque hay más beneficiarios. También se encarga de la seguridad del vicepresidente y de su familia, además de los ex presidentes, sus esposas y sus hijos hasta que cumplen 16 años -un privilegio que en la actualidad recibe Sasha, la hija menor de Barack Obama-. Los agentes también dan protección a los candidatos de los grandes partidos a la presidencia y a la vicepresidencia y a sus cónyuges en la recta final de las elecciones, además de a dignatarios extranjeros de visita en EE.UU. y de autoridades estadounidenses en misiones especiales fuera de sus fronteras. Por último, el presidente puede solicitar la escolta de cualquier otra persona que él considere pertinente. Por ejemplo, nada más llegar Trump a la presidencia se supo que el Servicio Secreto había empezado a proteger a Kellyanne Conway, su directora de campaña y actual asesora, por recibir paquetes en su casa con sustancias sospechosas.

El Servicio Secreto lo forman 3.200 agentes especiales y 1.300 oficiales uniformados, que también están encargados de custodiar la Casa Blanca, el Departamento del Tesoro y las embajadas extranjeras en Washington. Su presupuesto en 2016 fue de 871,7 millones de dólares, aunque la cantidad destinada a la protección del presidente no se revela por seguridad.

El servicio se creó en 1865 con una dedicación distinta: perseguir la falsificación de moneda, aunque con el paso de los años asumió el rol de proteger al presidente y a su entorno. Un momento de ese proceso está ligado a nuestro país: la protección a tiempo parcial de la Casa Blanca comenzó en 1898 por miedo a que el presidente William McKinley sufriera un atentado por la guerra con España. Acabado el conflicto, el Servicio Secreto mantuvo la vigilancia.

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